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LA CASA DE LA NIEBLA: DE LO SACRIFICIAL AL PSICOANÁLISIS, Por Christian Roy Birch

Dicen que en medio de la laguna llamada Ayauhcaltitlan o La Casa de la Niebla, en México, el agua se escurre en un remolino. Cuando la laguna se secaba quedaban al descubierto las ofrendas que los aztecas hacían a sus dioses. Un ritual muy solemne consistía en colocar a un niño de tres o cuatro años en una pequeña canoa y dirigirla hacia el remolino, que se tragaba a ambos. Según Bernardino de Sahagun [1], las ofrendas consistían en vasijas, elementos aromáticos y otros dones, entre los cuales se podía incluir corazones de niños.

Los antiguos mexicanos no se extinguieron por matar a todos sus niños, testimonio de ello dan los conquistadores españoles. Por poco que se lea la obra de Sahagun, buscando qué relación tenían los mesoamericanos con sus niños, se encontrará que el cuidado de los chicos está muy presente y en múltiples aspectos de la cultura (educación, protección de maleficios y enfermedades, cuidados prenatales, atención de los aspectos estéticos, etc.). Uno de los grandes daños que pueden producir los hechiceros y demonios es el de hacer desaparecer a un niño de un poblado. Entonces, los sacrificios de niños son sacrificios de una víctima que entraña un gran valor. En este sentido, era muy habitual que se ofrendaran elementos suntuarios, por ejemplo las piedras preciosas, arrojándolos a lagunas y cursos de agua. En los relatos del sacrificio azteca, un brillo singular acompaña a la víctima; hay una relación innegable entre la víctima y el esplendor.

En la última noche del año 52 los sacerdotes, identificados a los dioses, se dirigían hacia la sierra de Uixcachtlan. En la ciudad de México todos pasaban la noche despiertos, trémulos del pavor a que la luz no volviera a aparecer y a que el mal polimorfo se adueñara de todo; la vista fija en el horizonte. En la sierra, los sacerdotes encendían una gran hoguera y cuando su resplandor era visto desde la ciudad, todos se “cortaban las orejas con navajas y tomaban de la sangre que salía, y esparcíanla hacia aquella parte” donde se veía la lumbre [2]. Luego, la luz se llevaba desde la hoguera a los poblados. Se sacrificaban esclavos y cautivos, se realizaban ofrendas, se celebraba con gran regocijo el paso a un nuevo ciclo de 52 años.

Volviendo a la Casa de la Niebla, actualmente los antropólogos tienen diversas hipótesis respecto de su función en la liturgia mexicana del año solar [3]. Se puede sostener la idea de que eran lugares de gran poder sagrado, en conexión con espacios acuáticos (asociados a la abundancia vegetal) y con una localización real o simbólica en la frontera de dos órdenes: agua y fuego (manantiales de aguas ardientes y vaporosas), sagrado y profano, vida y muerte, puertas del paraíso, origen de las lluvias que vienen del cielo a la tierra, lugar de comunicación con el universo sobrenatural, particularmente en relación con la lluvia y la fertilidad, etc. También eran un lugar para el sacrificio de víctimas.

La niebla no permite ver, el espacio se trastoca y niega sus habituales claridades. Del mismo modo, somos como ciegos frente a las profundidades acuáticas y sin embargo, el hombre intuye que ahí hay algo. Hacia ese más allá se dirigían las víctimas de México. Si con los sacrificios, muy organizados simbólicamente, se esperaba el beneficio que vendría desde el Otro mundo, podemos suponer una inquietud preexistente, incluso una angustia, que se intentaba temperar. Así, de hecho, en el ritual hay un esfuerzo por liberarse de una experiencia íntima de desorden; las ofrendas debían tener efectos benéficos en múltiples registros, desde lo más singular hasta el cosmos más extendido.

Si nos quedamos en el nivel más restringido de la humanidad (abstrayéndonos de las implicancias cósmicas), en ese nivel, quizá podríamos suponer que hay un exceso en la humanidad, un exceso que se debe liquidar. Esto podría apoyar uno de los intentos de explicación respecto de la invención de la víctima sacrificial. Así, este exceso de la humanidad debería ser gastado sin ningún otro efecto de producción, es decir, que el producto sería solamente el gasto mismo, sin que haya otro producto que pueda acumularse. Caso contrario, el exceso no se liquidaría. En el orden de la cultura azteca, puede detectarse que este exceso de la humanidad era liquidado mediante una intensa actividad de sacrificios y en contrapartida a la exuberancia que presentaba aquella sociedad. Un esclavo dispuesto para el sacrificio era arrancado del orden de las cosas productivas y consagrado como víctima. Sin embargo, nos parece que el sistema azteca no sitúa completamente la víctima en la dimensión de la nuda propiedad porque habría aún una expectativa de retorno productivo del sacrificio: el favor de los dioses. Nótese el relato de la angustia de Moctezuma al conocer que los españoles habían llegado y el uso que hizo de los sacrificios, para salvar su imperio [4].

Sin duda existen otros medios para liquidar el exceso en la humanidad. Los cuantiosos gastos de las organizaciones militares fundados en hipótesis de conflictos que a veces no se materializan y que en la carrera armamentista vuelven, con el tiempo, inútiles los pertrechos acumulados. Pero, cuando la confrontación bélica se produce, se prodigan pérdidas materiales y vidas humanas (a veces de un modo tan inútil como aquella de “El soldado del general Lee” de Borges). Desde el lujo urbano de las grandes capitales del mundo, hasta el humo del tabaco y el juego compulsivo del pobre, se puede catalogar todo el espectro de lo que podría ser un gasto cuya utilidad se agotaría en sí mismo. Un gasto improductivo.

Siguiendo esta noción de un exceso frente al cual se impone una necesidad de gasto, podríamos definir que el mismo es percibido en un umbral, más allá del cual no sabemos nada. El saber está siempre más acá, y quienes traspasan aquel umbral no nos pueden decir nada de lo que hay más allá, como los niños que entraron en la Casa de la Niebla. Dos ordenes están indefectiblemente separados en la experiencia humana que, sin embargo, registra esa escisión, a saber, la división propia del ser hablante.

Laurence Bataille utiliza una bella imagen respecto de esa superficie liminar y del modo en que el psicoanálisis la penetra. Ella relata uno de los primeros sueños que produjo durante su análisis y señala que el mismo no quería decir nada para ella (mejor dicho, su sentido era desconocido). De hecho, la utilización de ese sueño, en aquel momento preciso, colocaba al analista en una situación de impotencia: usted no comprende nada. El analista no la contradijo, pero le hizo una pregunta muy simple que tuvo un efecto notable en cuanto a las asociaciones, “a la manera en que el cabo atraído por el peso del ancla corre hacia abajo tornasolando el agua oscura.” [5]

Consideramos que Jacques-Alain Miller, luego de Jacques Lacan, ha trabajado de modo sostenido ese confín de la experiencia humana, esa superficie donde se revela la división del ser hablante y que nosotros hemos situado oculto en la neblina o en la profundidad del agua oscura; frente a lo cual solamente cabe reconocer nuestro desconocimiento. En una intervención temprana como “La sutura” (1965), Miller destaca que una diferencia entre el discurso de la fenomenología y el del psicoanálisis es que para el analista “el desconocimiento tiene como punto de partida la producción misma de sentido.” [6] Nos parece que Miller ha trabajado esta idea como en un teleidoscopio y desde diferentes perspectivas, en sus intervenciones y cursos, sobre todo en el del año 2011.

Nuestra propuesta es que en torno a aquel más allá de lo conocido, los antiguos mexicanos trataban el exceso de la humanidad, desde lo simbólico, tejiendo una compleja mitología y, más cercano a lo real, con el exterminio de sus víctimas. El psicoanálisis, en cambio, teje una teoría de las pulsiones… pero no produce víctimas.

[1] Bernardino de Sahagun, Historia General de las Cosas de Nueva España (1540 – 1595), Tomo II, Barcelona: Nueva España, 2009, pp. 388 – 389

[2] Bernardino de Sahagun, op. cit., pp. 28 – 29

[3] Elena Mazzetto, “Los Ayauchalli en el ciclo de las veintenas del año solar. Funciones y ubicación de las casas de la niebla y sus relaciones con la liturgia del maíz”, en Estudios de la cultura náhuatl, vol. 48, México : UNAM, 2014 [en línea] [consultado: 09/06/2015] http://www.scielo.org.mx/scielo.php?pid=S0071-16752014000200004&script=sci_arttext

[4] Bernardino de Sahagun, op. cit., Libro XII, pp. 401 y ss.

[5] Laurence Bataille, El ombligo del sueño. Buenos Aires / Barcelona: Paidós, 1988, pp. 56 – 60

[6] Jacques-Alain Miller y otros, El significante y la sutura, Buenos Aires: Siglo XXI, 1973

Translations : Espagnol, Anglais, Italien, Néerlandais