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Paradigma 5 : La víctima, entre lo real y los discursos – Vilma Coccoz

Existe un sentido amplio, generalizado, del significante “víctima”, lo cual motiva que, en ocasiones, sea difícil de atrapar, de saber a qué se está refiriendo exactamente quien lo usa.

Por mi parte, propongo restringir su significado a aquella persona que, habiendo sufrido un daño real en su subjetividad, un hecho traumático y brutal, se ha quedado sin voz. Para contarlo, para denunciarlo, para reclamar, para testificar en su nombre.

En cada una de estas acciones se pone en juego la dimensión de la verdad y, en función de la consideración de la condición de víctima que se tenga en el discurso que recibe o admite la confesión de los hechos, se contemplará su credibilidad.

En el caso de los procesos judiciales que afectan a menores, habitualmente, son otros, mayores, quienes se hacen portavoces de los niños, víctimas de abandono, abusos o maltrato. Sin embargo, a partir de una cierta edad, se confiará fundamentalmente en la palabra de ellos para dilucidar la veracidad de la denuncia.

En este sentido es esclarecedor el comentario de Eric Laurent acerca de los procesos por pedofilia y prostitución infantil que tuvieron lugar en Outreau y Angers durante el año 2005. En esos casos, explica Laurent, las razones de exclusión o miseria no alcanzan para explicar lo sucedido y, por tanto, se penetraba en una zona complicada, -en la que se sabe y no se sabe.

Se intentaba ubicar ese horror haciendo de los niños “un vector de la verdad.” En la medida en que todo ha girado en torno a la noción de credibilidad (la cual implica no sólo su aspecto jurídico), fueron convocados “expertos” (médicos y psicólogos), encargados de recoger las informaciones necesarias para saber la verdad.

Una correcta orientación clínica hubiera evitado el extravío de los mencionados profesionales, que fueron finalmente descartados en favor de otros, pertenecientes a la policía científica. Porque los niños víctimas aparecerían como acusadores frágiles a la audiencia, dado que producían un discurso siempre renovado y contradictorio. Laurent ilustra la dificultad de la pesquisa a partir de la clínica de la mitomanía. Alude al caso referido por Jung a Freud, una de las primeras pruebas del límite que la psicosis planteara al método analítico. Después de la primera sesión Jung se muestra entusiasmado por la inteligencia del paciente y el trabajo realizado. En un segundo momento confiesa su perturbación, las sesiones pueden llegar a durar horas. En un tercer momento cae en la cuenta de que el paciente le interpreta a él.

La lectura de Laurent es muy precisa: “El sueño de explorar la verdad de la palabra del niño era poder probar que es posible una traducción, una reincorporación del goce producido por el traumatismo que habían sufrido esos desgraciados niños.”[1]

Así, el niño se torna dos veces víctima: una, de aquellos que le tomaron como objeto sexual; otra, en la tentativa perversa del Estado de extraer el objeto (en este caso en la forma de la verdad) de las víctimas del trauma en nombre de la razón. Frente al sin sentido de los fenómenos de la psicosis a cielo abierto, que son muy diferentes a los de la pedofilia perversa, se confrontaba a los niños a la misión imposible de decir la verdad sobre lo real. Concluye Laurent diciendo: hay cosas que se pueden saber, pero la verdad es otra cosa…

Siguiendo a Lacan, cada discurso constituye un modo de tratamiento de lo real a través de lo simbólico. En síntesis, cada discurso, al incluir, por estructura, lo real como lo imposible de decir, ofrece una interpretación de lo real. Y, como en cada uno de los cuatro discursos, el lugar de la verdad está ocupado por un elemento diferente, la verdad cobra un valor distinto en función del lugar que ocupen los demás elementos de la estructura. Un aspecto revelado por el discurso analítico, y que Jacques-Alain Miller ha definido como el “valor posicional de la verdad.”

Cada discurso trata lo real de la víctima de acuerdo con la lógica interna que secreta su interpretación de esta condición. El discurso del amo se ocupará de la verdad según la cual el ordenamiento jurídico dirime responsabilidades y se encarga de ofrecer los medios democráticos de atención a las víctimas y reparación de los daños.

El discurso universitario intentará establecer un saber sobre lo universal, lo que puede haber de común a tal condición humana, como lo muestra la nueva “ciencia” llamada Victimología.

El discurso histérico se centrará en el reclamo por la verdad y en la denuncia de la injusticia que puede favorecer la formación de organizaciones y asociaciones en donde algunas personas oficiarán de portavoces de aquellos cuya voz les ha sido arrebatada.

Por su parte, el discurso analítico enseña que lo verdadero “va a la deriva cuando se trata de lo real.” Ante la irrupción brutal y traumática de lo real se interrumpe la continuidad de la palabra. Sumiendo al ser hablante en el silencio, la enunciación subjetiva queda en suspenso y la verdad queda sin valor, por estar desgajada, desalojada del discurso.

¿Cómo crear las condiciones para que alguien pueda volver a tomar la palabra y hacer oír su voz? Es una pregunta cuya respuesta exige la consideración de uno por uno, acorde con los principios analíticos.

Lo real y la verdad no pueden superponerse, siendo la verdad mediatizada por el saber, no es más que un efecto de su articulación. Lo que convierte a la verdad en un semblante de lo real, una ficción, una envoltura. Ello no disminuye su importancia, al contrario, pero aceptar su carácter limitado supone no sacarla de quicio, admitir que no puede decirse toda la verdad. Y en ello radica lo específico de la consideración de la verdad en el psicoanálisis, en su dimensión siempre singular, en constituir la única vía para atrapar algo de lo real de cada uno.

El lugar del psicoanálisis en este mundo consiste en conceder la oportunidad al ser hablante de hacer oír su voz acallada y, desde allí, hacerse una conducta en la vida una vez recuperado su nombre propio.

[1] Laurent É., Les nouvelles inscriptions de la souffrance de l’enfant, La petite Girafe, nº 24, p. 91.

Translations : Espagnol, Anglais, Italien, Néerlandais